Entrevista especial a Javier Crespo, autor de “Érebo”

¿Cómo surge la idea de esta novela? ¿Está inspirada en algún suceso real?

El génesis de lo que hoy es Érebo comencé a escribirlo en torno a mayo de 2013, como un proyecto final de un curso de creación literaria que estudié en la Escuela Contemporánea de Humanidades (ECH) de Madrid, que dirige el escritor Alejandro Gándara. Dicho proyecto contó con la tutela y supervisión de José Luis Corrales Montealegre, quien es, por así decirlo, corresponsable de todo lo bueno que pueda tener la novela. El primer borrador completo de la novela lo terminé de escribir en agosto de 2013. Desde aquella primera versión vinieron muchas otras, marcadas por cambios en los nombres de algunos personajes, rescritura de algunos pasajes para mejorarlos, etcétera. Pero la mayor parte de lo que es Érebo hoy en día ya estaba allí, en negro sobre blanco, en el verano de 2013.
Respecto a la inspiración en sucesos reales, para mí, Érebo es esencialmente una novela de ficción parcheada de realidad. Al escribirla, he utilizado únicamente aquellos elementos que necesitaba para contar la historia de Tormes, Crespo y cía., sin importarme si esos elementos procedían de mis propias vivencias, de vivencias ajenas, de noticias aparecidas en medios de comunicación o de mi imaginación. Por eso, la respuesta más honesta que podría dar a esa pregunta sobre la inspiración es a la vez muy absurda puesto que debería responder “sí y no”. Mi mayor preocupación durante la escritura de Érebo fue “simplemente” contar una historia verosímil, consistente y atractiva para el lector. A lo mejor hay quien lee la novela con el morbo de intentar descodificar la realidad que hay en ella, buscando guiños, revelaciones, homenajes, ajustes de cuentas o cosas así, pero yo particularmente preferiría que disfrutara con lo que dice y lo que cuenta Érebo.

Una de las claves de Érebo es la estructura narrativa, compuesta por las supuestas transcripciones de entrevistas que el periodista protagonista, un alter ego tuyo, realiza tanto al otro gran protagonista, el condenado por el homicidio de su familia, como a otras personas implicadas en la trama. ¿Por qué este recurso?
Porque esa estructura era la que mejor se acomodaba tanto al juego de silencios que hay en la historia como al efecto que quería lograr en los lectores. Mi propósito fundamental a la hora de escribir Érebo fue que, al terminarla, el lector tenga claro que no puede estar seguro al 100% de nada; que no todo es blanco o negro; que siempre habrá algo que se nos escape; que siempre hay una rendija por la que se puede colar la sorpresa o el desengaño; que, como se dice en la novela, el diablo está en los detalles. Por eso, la obra está pensada como un juego con el lector; en todos los sentidos. Quiero decir: Érebo está configurada en el fondo como un puzle que tiene que reconstruir el lector; quería que se sintiera obligado a ser parte de la historia, no sólo para que se sintiera importante ahorrándole un papel meramente de lector pasivo, sino porque también, gracias a eso, yo, como autor, podría simultáneamente conseguir jugar con sus certezas, hacerle dudar, despistarle, etc. Por eso, ni podía ni quería permitirme la comodidad de escribir una novela lineal y perfectamente cerrada, porque ello habría cerrado la puerta a cualquier juego con el lector y a que éste fuera configurando su propia “historia”, que para mí era algo innegociable desde que empecé a escribirla. Ni quería ni necesitaba un lector pasivo. Quería, como digo, un lector que fuera, con sus pensamientos y valoraciones, “coautor”. De ahí que la novela esté intencionadamente fragmentada y deliberadamente incompleta: para que el lector vaya construyendo su propia historia en su mente a medida que va leyendo. En ese sentido, el uso de transcripciones de entrevistas y textos más propios del ámbito periodístico que del literario me permitía aumentar considerablemente la verosimilitud de la historia, jugar con las certezas del lector y gestionar eficazmente los silencios que tan importantes resultan tanto en la trama en sí misma como en la relación que quería establecer con el lector. Por eso el uso de ese recurso.

Otro de los grandes logros de la novela es la contundencia, la crudeza y el ritmo de los diálogos, que ocupan la mayor parte de la narración. ¿Te ha resultado fácil pese a tratarse de uno de los mayores hándicaps de los autores noveles?
Muchas gracias por el elogio. No, no me resultó fácil, pero sí era algo a lo que aspiraba y que quería conseguir costara lo que costara. En este sentido, creo que influye bastante mi admiración por cómo escriben diálogos maestros como Aaron Sorkin y Javier Olivares.
Dicho esto, los diálogos sobre los que se asienta Érebo serían impensables sin los fantásticos consejos que me dio José Luis Corrales y sin mi experiencia adaptando guiones teatrales, ya que durante más de diez años formé parte de la compañía teatral amateur “La Fragua y la Luna”.

¿Cuáles son tus principales referencias literarias?
Como se suele decir, uno es escritor porque primero ha sido y es lector. No obstante, me parecería un enorme sacrilegio y quedar como un perfecto pretencioso e imbécil hacer pensar que en Érebo he querido imitar a mis referentes literarios o que aspiro a compararme con ellos. No. Son portentos de los que siempre aprendo en cada lectura o relectura y a los que admiro desde la más absoluta humildad, sabedor de que mi única opción ante ellos es intentar ser yo mismo a su sombra. Aclarado esto, en cuanto a autores favoritos creo que soy bastante ecléctico: admiro, por ejemplo, a Raymond Carver (o tal vez a su editor Gordon Lish), Richard Ford, Pío Baroja, Miguel Delibes, Edgar Allan Poe, Chuck Palahniuk, Rafael Chirbes y Arturo Pérez-Reverte. Algunos de ellos, como Baroja o Delibes, los conservo desde la infancia. A otros, como Poe y Pérez-Reverte, los incorporé ya en mi juventud. Y a Carver, Ford, Chirbes y Palahniuk los descubrí ya más tarde, gracias a las obras pautadas en los cursos que estudié en la Escuela Contemporánea de Humanidades (ECH) de Madrid.
De todos modos, me gustaría precisar que, si bien esos son mis grandes referentes literarios, en mi cabeza a la hora de escribir Érebo han estado presentes obras ejemplares del true crime noir como A sangre fría, de Truman Capote; El adversario, de Emmanuel Carrère; o El monstruo de Florencia, de Douglas Preston y Mario Spezi.

¿Y cinematográficas? Porque hemos encontrado numerosas referencias cinéfilas en Érebo.
Soy un gran aficionado al cine así que creo que es lógico que, conscientemente o no, eso cale en la novela. Dicho esto, he de reconocer que he estado bastante influenciado en todo el proceso creativo por películas como Seven y Zodiac, ambas de David Fincher, Sospechosos habituales, de Bryan Singer, o Las dos caras de la verdad, de Gregory Hoblit, así como por series como Luther, de la BBC.

En un momento de la trama, uno de los personajes, dice la siguiente frase: «Hemos convertido los crímenes de este tipo en comida rápida». ¿Qué querías expresar con esto?
Una de las premisas que tenía en mente a la hora de escribir esta novela era cuestionar hasta qué punto vivimos en una sociedad en la que las atrocidades, las monstruosidades o la sinrazón más brutal y sanguinaria se han vuelto tan cotidianas, al menos a nivel mediático, que las asimilamos, por desgracia, cada vez con más facilidad. Si esto sigue así, llegará un momento en que nos cueste espantarnos por todas esas salvajadas que aparecen en los medios de información constantemente. En esto creo que tienen bastante parte de culpa los medios de comunicación, por sobreexponernos a estas monstruosidades y explotar hasta límites dudosamente éticos sucesos como los asesinatos de Marta del Castillo, Ruth y José Bretón, Diana Quer y Gabriel Cruz o el cuádruple crimen de Pioz. Hay noticias y reportajes que tienen más de Grand Guignol que de periodismo y eso es algo aberrante y lamentable porque llevan al límite la capacidad de conmoción del ser humano. Además, algo que me inquieta particularmente es cómo muchos presentadores de televisión son capaces de tratar estas noticias con el mismo tono, semblante y actitud con que te informan del debate en el Congreso, los resultados de la jornada de Liga o la previsión meteorológica. Te sirven el infierno como quien te despacha una hamburguesa y eso es tremendo.

¿Cómo ves la actualidad de la novela negra?
Este género, desde que apareció a mediados del siglo XX, alterna épocas de más marginalidad con otras de mayor predicamento, como está ocurriendo estos años. A esto ha ayudado mucho que es un género muy agradecido a la hora de adaptarlo al cine o a la televisión, lo cual a su vez moviliza a ciertos lectores a leer la obra primigenia, formando así una retroalimentación bastante positiva para todos los implicados.
Actualmente, parece evidente que es uno de los géneros referentes y muy consumido por los lectores. Ello ha llevado a que se apueste editorialmente por él quizás hasta un punto desmedido, porque ahora hay novelas de este género por todas partes y no todas tienen por desgracia la misma calidad. No obstante, este problema de la masificación no sólo afecta a la novela negra sino a otros géneros como la novela histórica, por ejemplo. Creo que hace falta un poco más de mesura, en todos los sentidos.
Personalmente, creo que John Connolly y Dennis Lehane son dos auténticos tótems en este género, pero también me alegra mucho que España esté plantando cara por fin, en calidad y ventas, a la novela negra nórdica. No voy a dar nombres de autores españoles para evitar meterme en jardines pero, como lector, es ilusionante comprobar que no todo se reduce a Jo Nesbø, Camilla Läckberg, Åsa Larsson y cía.

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