Entrevistamos a L. R. Lucien, autor de “Leteo”

¿Qué es Leteo?
El Leteo es uno de los cinco ríos del inframundo en la mitología Griega. Su nombre significa, literalmente, “olvido”, y al beber de sus aguas se pensaba que podíamos borrar todos los recuerdos de vidas pasadas para luego, según dónde mires, o bien ascender al paraíso o volver a encarnar un cuerpo. En la novela, Leteo es el nombre del protagonista, de quien se dice desde la primera página que no tiene pasado. En la novela, el viaje de Leteo (quien se ve tan empujado hacia el futuro como el resto de nosotros) es en realidad un viaje hacia el pasado: más allá del olvido. Pero, claro, ¿quién puede vivir en el pasado sin caer por el precipicio del presente?

¿Podrías hablarnos de tus influencias literarias? Nos ha parecido encontrar ciertas pinceladas de Sartre, Lovecraft y Palahniuk. ¿Hemos acertado?
Sí, claro. Al haber leído a estos autores que mencionas, es indudable que me han acabado influenciando en mayor o menor grado; aunque en “Leteo” diría que mis mayores influencias han sido sobre todo Réjean Ducharme, Rimbaud, Reinaldo Arenas, Hubert Selby Jr, Nelligan… algunos en momentos puntuales de la obra y otros al trazar el carácter general o la atmósfera de la novela.
La obra de otros autores como esos que comentas (Lovecraft o Palahniuk), la he usado para definir momentos concretos o personajes; como a Cassie Wright, por ejemplo. El papel de Cassie en Leteo es muy claro, está muy definido, y ese nombre la vincula de forma directa con lo que ella ha significado para Leteo. Todo en la novela se ve a través de los ojos del protagonista, nombres inclusive.
A decir verdad, todos los nombres de personas, calles o plazas que uso en el libro tienen un por qué y un significado, más allá de que me gustase el timbre de la palabra. Toma por ejemplo a Orla: Orla significa, principalmente, adorno, y con el paso de los capítulos y siguiendo la evolución del protagonista y sus obsesiones, nos damos cuenta de que Orla en realidad no fue más que eso, un adorno con el que Leteo quiso hacer de su soledad algo menos terrible, una mentira preciosa. Además, Orla es un nombre femenino en Irlanda y masculino en Dinamarca; esta ambigüedad es algo con lo que he querido jugar en el libro con el fin de que la historia no tuviera un dónde, un cuándo ni, en ocasiones, un quién.

 

Nos ha llamado mucho la atención que la contraportada de Leteo solo incluya una enigmática frase, frase que tiene que ver con uno de los grandes momentos de tu libro. ¿Qué querías indicar con esto? Si puede saberse, claro.

Bueno, por un lado, no creo que se deba utilizar la contraportada de un libro para hacer propaganda, sobre todo en obras de ficción o poesía. Eso es un gesto que ya de por sí compromete el valor artístico de la obra. A mí me gusta más pensar en el objeto material del libro como parte de la obra artística que hay reflejada en sus páginas; creo que todo debe formar parte del mismo objeto artístico… Las puertas de los museos y las paredes de los edificios en que se alojan deberían ser obras de arte tan importantes como las obras que duermen en el interior.
Lo que me resultó más difícil en todo ese proceso que me llevó hasta poner finalmente “Hay un jardín” en la contraportada, fue vencer los miedos propios y apostar por mi naturaleza, por lo que siento que tengo que hacer o decir, y no lo que “se supone que tengo que hacer”.
La contraportada pasó de tener sinopsis (lo más habitual) a tener un poema de los incluidos en la novela, para acabar finalmente en esa frase. Y la frase en sí, como dices, es muy importante en el desarrollo de la historia: es el momento en el que invitan a Leteo a abrir una puerta que ya nunca más podrá volver a cerrarse, y, cuando abrimos una puerta, no solo nosotros tenemos la oportunidad de cruzar al otro lado, sino que lo desconocido puede también cruzar el umbral y entrar en nuestra casa. Puesta ahí, en la contraportada, la invitación se extiende al lector, quien, de forma tan inadvertida como el protagonista, cruza el umbral sin saber en realidad qué espera al otro lado.

¿Pesimismo, nihilismo o, simplemente, existencialismo?
Depende quizás del momento de la historia y, como se ve cuando los acontecimientos se atropellan en el último tercio de la novela, depende también del estado mental y emocional del personaje.
Ese punto en el que el pesimismo y el nihilismo se cruzan al afirmar que la existencia humana no tiene valor objetivo ni ningún tipo de meta o propósito esencial superior, es el punto en el que Leteo parece a veces hacer equilibrios. Como dije antes, depende del momento emocional del personaje: hay momentos en los que no tener un propósito superior le resulta absolutamente liberador, y hay otros, cuando se siente hundido emocionalmente, en los que cae del lado pesimista y pierde toda energía y razón de vivir.
A mí no me gusta obviar nada, ni apartar lo que me resulta desagradable: si tengo un cubo, tengo que mirar y sentir todos sus lados. Saber de qué está hecho. Por eso, aunque me gustaría pensar que el libro deja más un sabor nihilista que pesimista en el lector, sé que es complicado, porque hay bastante de las dos corrientes filosóficas en el libro. Y, bueno, cada persona verá una cosa diferente, un reflejo de lo que tiene dentro de sí.

Es curioso que, en un mundo de youtubers e instagramers, en un mundo de egos y de fotos de perfil, no incluyas una breve biografía o una imagen tuya en la solapa de Leteo. ¿Postureo underground o simplemente la modestia del autor que no quiere eclipsar su obra?
¿Sabes? Sinceramente, creo que el texto que acompaña a la foto de mi sombra en la solapa dice más de mí, de mi persona, mi naturaleza y mi forma de entender la vida, que si hubiese puesto “nací en tal sitio, escribí esto y lo otro y vivo en no sé dónde”, lo cual es algo que, en general, no le importa a nadie y no deja de ser una máscara con la que evitar hablar de lo realmente importante.
Si pusiera mi foto y contase mi vida, ¿sería afán de protagonismo por mi parte?… No es postureo underground ni modestia, sino simplemente un intento de ser coherente con la realidad: lo importante, lo que es ofrecido al mundo, es un libro. Quién lo ha escrito es completamente irrelevante. Solo trato de dar a cada cosa la importancia que creo que merece. ¿Quién soy yo? Yo he escrito el libro, pero no soy el que está en las estanterías de las librerías, al fin y al cabo… Aunque supongo que no ha funcionado tan bien como desearía, ¡yo quería que la importancia del libro estuviese en sus páginas y aquí estamos, hablando de lo que digo o no digo de mí y en la contraportada!

¿Por qué? ¿Por qué este libro?
Por necesidad. Escribir este libro ha sido como un exorcismo, ¿sabes? Todo lo que escribimos es siempre, en mayor o menor medida, autobiográfico, y Leteo está lejos de ser una excepción. No solo algunos eventos y el corazón mismo de la historia son autobiográficos, sino que algunos personajes son retratos de mí mismo o de lados concretos de mi personalidad. Leteo, el protagonista, es una caricatura de mí mismo, de mis infantiles aspiraciones poéticas, de mi obsesión con el amor y del pesimismo que me envolvió durante gran parte de mi vida. Otros personajes, como Damir, por ejemplo, son retratos de aspectos más concretos de mi personalidad o de cómo he sido en ciertos momentos de mi vida y a los que he puesto ahí delante para, a veces, ridiculizar y desnudar, o bien, cuando lo merecía, elevar, dependiendo de lo que crea que merezcan esos aspectos de mí. El motivo por el que hago esto de “ridiculizar” aspectos de mí al escribir no es otro que el de quitarme importancia, quitar “capas”, eliminar las mentiras que me dije sobre mí mismo; dejar de ser.

Y para terminar, una pregunta más mundana. ¿Cómo ves el panorama literario actual? ¿Hay esperanza?
¡Qué sé yo! Casi todo lo que leo es de gente que ha muerto… Hoy día, con internet y las nuevas formas de publicación, ocurre que cualquiera puede escribir un libro y publicarlo (tómame a mí como ejemplo), y esto es a la par maravilloso y terrorífico. Puede que algún genio desconocido consiga publicar su obra maestra sin que le pase lo mismo que a John Kennedy Toole, pero para encontrarla tendríamos que navegar de forma incansable por un lodazal de mediocridad armados de paciencia. Pasa lo mismo en el mundo de la música, la fotografía… Es el precio a pagar por la democratización del arte. Además, como pasa en el mundo del cine, algunos autores con verdadero talento se dejan seducir por las musas de lo inmediato y acaban endulzando su literatura hasta rebajarla al nivel de la telebasura más dolorosa; supongo que porque sienten la urgencia de vivir de lo que escriben, sin importarles qué tienen que escribir.
Así que, de forma contundente a tu pregunta: sí, claro que hay esperanza.

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