Hoy reseñamos “Delirios de una zurda y otras reflexiones”

Hace varias décadas, cuando aún había esperanza de encontrar arena de playa bajo los adoquines del Boulevard Saint-Michel, el bueno de Jean-Paul Sartre soltó una de esas frases, carne de meme hoy en día, que la postmodernidad ha hecho suya, sin preocuparse realmente por entenderla. “El infierno son los otros”. La sentencia, aparecida en A puerta cerrada, una obra de teatro que escribió en plena Segunda Guerra Mundial —y que fue publicada antes de acabar la contienda, en 1944—, tenía mucha miga. Los otros, el infierno, son los demás, esos con los que cada día nos cruzamos en el supermercado; esos que esperan, como nosotros, en la cola del banco; esos que nos miran, y esos a los que miramos, intentando comprender quiénes somos. Pero ojo, que nosotros también somos parte de los “otros” y, por lo tanto, parte del infierno, parte de esa jauría de entrometidos invasores de nuestra ansiada individualidad; individualidad que exigimos por derecho, pero que no concedemos ni aceptamos como obligación cuando se refiere a los otros.

Se trata, en resumidas cuentas, de la vieja batalla entre el individuo y la sociedad, entre el yo y el tú, entre la manada y el lobo estepario. Y sobre eso trata Delirios de una zurda y otras reflexiones, la sensacional novela-ensayo-reflexión de Sheila Gómez.

No se trata de una cuestión baladí. Nuestras vidas están en juego, como nuestra búsqueda eterna, infatigable y casi siempre infructuosa de la felicidad —convertida, como bien argumenta el prologuista de esta obra, en moneda de cambios de curas y coachs sin escrúpulos—, o nuestra necesidad innata de encontrarnos a nosotros mismos en mitad de este mundo inaprensible y extraño.

“People are strange”, decían The Doors, pero nosotros somos “people”. Somos extraños. Y esta es la historia de dos extraños, Homero y Selena, que se conocen gracias a una de esas modernuras tipo BlaBlaCar y que rápidamente comienzan a reflexionar sobre algunas de los grandes quebraderos de cabeza que han protagonizado la historia del pensamiento filosófico.

Por ejemplo, la terrible dicotomía entre el «deber» y el «querer», que protagoniza la primera, e intensa, conversación de estos dos buscadores. El «deber» lo marca y lo decida el infierno, los otros, creando una complicada red psicosocial de que solo se puede escapar, en busca del «querer», pagando el alto precio que supone nadar contracorriente. Pero claro, como bien explican Sheila y Selena, el camino único hacia la felicidad que propone el infierno —«primero estudiar, luego trabajar, casarte y reproducirte (sin olvidar socializarte constantemente)»— es, parafraseando a Nietzsche, el origen de la tragedia. Sí, habrá gente que consiga la felicidad, aunque sea a modo de sucedáneo o en pequeñas dosis individuales; pero otros muchos, al tomar conciencia de que ni quieren, ni pueden, seguir el camino marcado, en vez de encontrar la felicidad, encontrarán lo contrario, la desdicha, la frustración de no ser cómo los demás, esos demás que, desde esta perspectiva insana, parecen ser felices, cuando, seguramente, tampoco lo son.

¿Alguien es feliz o, yendo más, lejos, alguien puede serlo? Sí, los niños, pero antes de que el infierno les consuma. Lean a Sheila, que tampoco se trata de hacer spoiler. Pero, sin su permiso, les diré que los niños, libres durante un tiempo de la presión y del peso social, son capaces de caminar sin miedo por su propia senda. Y así es como nuestra autora llega a otro punto esencial de sus reflexiones: el miedo, el freno, la excusa que la sociedad y el infierno, nosotros y los otros, han encontrado para justificar el fracaso en nuestra búsqueda del santo grial del sentido de la existencia y de la felicidad. «Tengo miedo a perder lo que he conseguido». O, mucho más apropiado, «virgencica, déjame como estoy, que con esto, y pese al miedo, soy razonablemente feliz; nunca por encima de mis posibilidades».

En definitiva, esta magnífica obra, es una alabanza —una exaltación o una apología, que el lector decida— declarada y contundente de lo necesario que es fomentar la individualidad, aunque no renegando de la sociedad, sino de ESTA sociedad. Se trate de construir un nuevo colectivo formado por seres autónomos, libres, pensantes y, dentro de lo posible, felices. Y el camino se hace, precisamente, pensando. Ojo, esto no es fácil y, además, duele. Todos hemos escuchado alguna vez ese viejo adagio de «prefiero estar haciendo cosas para no pensar». Pensar supone hablar con uno mismo, enfrentarse a un diálogo, casi siempre terrible, con quien somos, con quien fuimos y, lo más importante, con quien debemos ser y con quien queremos ser. Esa conversación interna, ese hablar con uno mismo, que para Machado llevaba a «hablar con Dios un día», es lo que nos hace humanos. Humanos demasiado humanos, que diría Nietzsche. O filósofos, porque eso, al final del camino, es lo que somos. Somos filosofía. Somos, como dijo Sagan, el universo pensándose a sí mismo, aunque lo hayamos olvidado al dejarnos arrastrar por la pendiente del infierno.

De todo esto, y de mucho más, habla Selena, o Sheila —ya no distingo—, en esta obra, recientemente editada por la Editorial Círculo Rojo. Y lo hace, recuerden, con Homero, el conductor del coche en el que viajan rumbo a Madrid, su particular interlocutor y compañero de diálogo que, cual ave Fénix, renacerá de sus cenizas y tomará conciencia de lo que es y, sobre todo, de lo que no es.

Sheila es zurda, por cierto. No les voy a desvelar la importancia de este matiz y las implicaciones metafóricas y filosóficas que construye Sheila en torno a ello. Si leen el libro, e insisto en que deben hacerlo, lo entenderán. Como espero que entiendan la evidente simbología que esconden los nombres de los protagonistas de este diálogo socrático 2.0. Homero, el divulgador del Mythos, aquella primigenia respuesta a los grandes interrogantes existenciales que fue destruida, con el paso del tiempo, por el Logos, el saber pensado, la reflexión filosófica, la luz… Luz que simbólicamente representa Selena, la diosa Luna de los griegos, la brillante Selene, hermana del Sol (Helios), cuyo nombre griego está relacionado, de hecho, con la luz (selas).

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