Reseña de «Algo muy valioso» de Lourdes Justo Adán

Me enfrento a la reseña más difícil que he escrito nunca. ¿Cómo reseñar un libro infantil, con muy poquitas páginas, muy poquito texto y una fuerte invitación a la reflexión? Después de muchas vueltas, encontré el camino. Un camino con forma de trineo…

El libro se titula Algo muy valioso, y es una brillante obra infantil escrita por Lourdes Justo Adán e ilustrada, de forma excepcional, por Sonia Sanz Escudero. La historia brilla por su sencillez. Alguien encuentra junto a la reja de su casa algo que no es suyo y, sin pensarlo demasiado, coloca un letrero que dice: «Se ha encontrado algo muy valioso; razón aquí». Pronto de acercaron varias personas que habían perdido cosas, preguntando si esos objetos perdidos eran lo que había aparecido allí, junto a la reja… Hasta que al final descubrimos lo que es. No pienso decirlo, evidentemente, pero es genial.

Por un lado, esta obra demuestra lo sencillo que es provocar suspense con muy pocos recursos, siempre y cuando se administren bien y se dosifique la información. Pero, sobre todo, esta obra invita a la reflexión. Sí. Dirán ustedes, ¿qué reflexión se puede extraer de aquí? Supongo que cada uno extraerá la suya. Yo tengo la mía. Y tiene que ver, como decía, con un trineo.

Pero antes, viajemos en el tiempo y en el espacio, a un momento no determinado de siglo V a.C. —o al IV a.C., dependiendo del autor, aunque para el caso es lo mismo—, y al actual Nepal. Allí, un joven rico llamado Siddharta Gautama —que ni siquiera sabemos seguro si existió, aunque, de nuevo, para el caso es lo mismo—, tras tomar conciencia de lo efímera y dura que es la vida, se echó al monte en busca del sentido de  este valle de lágrimas. Probó con la vida ascética, pero no le convenció. Probó con el yoga y la meditación, pero tampoco. Probo con la renuncia a todo y la mortificación, pero ni con esas. Hasta que descubrió el camino medio, el camino de la moderación, un punto intermedio entre el ascetismo y el hedonismo. Y finalmente, encontró la iluminación bajo una higuera. Se había convertido en un buda.

Buda expresó que hay cuatro cosas, las Cuatro Nobles Verdades, que nos producen insatisfacción, dolor y desconsuelo: la primera, que toda existencia es insatisfactoria. Todo produce sufrimiento. La segunda, que el sufrimiento procede del deseo y del apego. La tercera, que puede ser vencido, suprimiendo las causas. Y la cuarta sería muy larga de desarrollar aquí.

Quedémonos con el punto dos: el apego y el deseo producen sufrimiento y son la principal causa de los males. El apego a la vida, el apego a los otros, el apego a las cosas, a las que tenemos y a las que no. A las cosas que consideramos valiosas cuando, en realidad, lo único valioso es la vida, y ni siquiera mucho.

Algo muy valioso se titula este libro. ¿De verdad hay cosas valiosas por las que merezca la pena sufrir y vivir, que viene a ser lo mismo? Buda pensaba que no, pero no lo tengo tan claro. Al fin y al cabo, él estaba convencido de que había vida después de la vida, pero los descreídos lo tenemos más crudo. Si ni siquiera las personas y las cosas que disfrutamos en vida han de ser valoradas, ¿qué sentido tiene la vida? ¿No consiste acaso en eso? Y no, no me refiero a tener posesiones ni riquezas, aunque a algunos les puede causar felicidad y sentido. Me refiero a aquellas pequeñas cosas, que diría Serrat. A esas cosas que simbolizan lo que somos, lo que fuimos y/o lo que queremos ser. Y aquí es donde vuelvo al dichoso trineo.

En mayo de 1941, Orson Welles estrenó su obra maestra, Ciudadano Kane, una sensacional película que narraba la vida de Charles Foster Kane, alter ego más o menos cercano del magnate de la prensa William Randolph Hearst —responsable, entre otras cosas, de la Guerra de Cuba—. La cinta comenzaba mostrando el momento de la muerte de Kane, que, entre sus últimos estertores, pronunciaba la palabra Rosebud. En torno a este misterio —¿qué significa Rosebud?— se construye la peli, y solo al final lo descubrimos. Era una palabra que estaba escrita en el trineo que el joven Charles dejó tirado en la nieve cuando su vida cambio para siempre siendo un niño. Rosebud, el trineo, simbolizaba la infancia perdida. De ahí que fuese algo muy valioso para él. Lo más valioso.

Según el budismo, Kane debería haberse desprendido de aquel símbolo de la vida que vivió y perdió. Pero nunca lo hizo. Siempre lo mantuvo a su vera. Era su conexión con lo que alguna vez fue. Y hasta el momento de su muerte lo tuvo presente. ¿Y por qué no? Todos le damos valor a cosas que otros ven absurdas, pero nosotros sabemos por qué. Y sí, es apego, y a la vez es sufrimiento porque tememos perder esas cosas —o esas personas—. Pero ¿por qué desapegarse de todo eso? ¿No forma parte de lo que somos? ¿Qué somos sin eso?

En fin, para que vean hasta qué punto este pequeño y filosófico cuento infantil puede llevarnos a divagar. A mí me ha llevado a Buda, a Orson Welles, a un trineo y a la infancia perdida. A ustedes, seguro, les llevará a otro lado. En cualquier caso, es muy de agradecer que un librito como este agite de esta manera la sesera, siempre aletargada por este mundo de likes, influencers y gentes de mal vivir. Están tardando en hacerse con él. Es algo muy valioso.

 

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