Reseñamos “Sombras de niebla” de Javier Correa

Con los libros pasa como con el vino. Un lector entrenado detecta en pocas páginas cuando una obra brilla, al igual que sucede con un sumiller o un adiestrado catador de vinos cuando se enfrentan a un buen caldo. Pero también sucede algo curioso. Muchos, como le pasa por ejemplo a quien escribe estas líneas, no tenemos un paladar educado ni sabemos detectar las sutilezas, pero, cuando catamos un buen vino, sabemos que lo es. No me pregunten por qué.

Lo mismo pasa con un buen libro. Se nota. Se siente. Se disfruta. Es una especie magia, una conexión extraña que emana de las páginas del libro y que une inexorablemente al lector, entrenado o no, con la historia que se está contando, que se está viviendo, que se está leyendo.
No exagero si digo que esto sucede con Sombras de niebla, la extraordinaria propuesta literaria del autor badalonés Javier Correa, recientemente publicada por la Editorial Círculo Rojo.

¿Por qué? Sería muy largo de explicar, y tendría que hacer spoilers para que se me entendiese bien. Pero creo que con unas cuantas pinceladas se podrá entender.

En primer lugar, hay que destacar que Sombras de niebla, aunque está construida siguiendo el arquetípico patrón de las novelas (planteamiento, nudo y desenlace), juega con la estructura a su manera. Esto puede parecer baladí, pero es un factor que hace que su lectura sea mucho más enriquecedora. Ya lo dijo el maestro Julio Cortazar: «Una novela no me dará jamás la idea de una esfera; me puede dar la idea de un poliedro, de una enorme estructura». Hay que reconocer a la ágil pluma de Javier Correa como va alternando las historias paralelas que componen esta historia, jugando con el espacio y los tiempos, con la firme pero contundente idea de ir construyendo poco a poco, de forma dosificada, las tramas, las motivaciones y los perfiles psicológicos de los personajes.

Por supuesto, también hay que destacar las brillantes descripciones de los lugares en los que se desarrolla la trama: los escenarios africanos donde tiene lugar la complicada aventura de Carlos y María, la hermosa ciudad francesa de Lille, donde vive un personaje secundario que acaba convirtiéndose en protagonista, Pablo, y, por supuesto, San Silvestre de Guzmán, epicentro del terremoto emocional que es Sombras de Niebla, donde viven Elena y Laura, las dos féminas sobre las que gira la acción. Esto puede parecer fácil, pero todo aquel que se dedica a las letras sabe lo complicado que es conseguir que el lector sienta de verdad que está donde el escritor quiere que esté. Y solo es posible si las descripciones de los contextos están bien construidas y son detalladas. Además, se aprecia, y se agradece, el profuso trabajo de investigación que el autor, con total seguridad, ha tenido que realizar para poder describir con semejante grado de detalle la cultura, la forma de vida y las circunstancias existenciales de los diferentes contextos que aparecen en el libro.
Los personajes, como no podía ser menos, están construidos de forma prodigiosa. Y, lo que es más importante, van evolucionado y complejizándose conforme las tramas van avanzando. De nuevo, Correa consigue algo que, tratándose de un escritor neonato, resulta aún más sorprendente.
Y el suspense. Los lectores no nos damos cuenta siempre. Pero es tremendamente difícil para un escritor enganchar al lector. Para eso existen trucos. El simpar cineasta inglés Alfred Hitchcock se inventó un palabro con el que hacía referencia a los pretextos o excusas narrativas, casi siempre sin especial relevancia, sobre las que se construye un relato y se fabrica el suspense necesario para atrapar al espectador. McGuffin. Lo podría explicar yo, pero Hitchcock ya lo hizo en el famoso libro-entrevista El cine según Hitchcock, escrito por el también cineasta François Truffaut:

«La palabra procede de esta historia: Van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro “¿Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?”. El otro contesta: “Ah, eso es un McGuffin”. El primero insiste: “¿Qué es un McGuffin?”, y su compañero de viaje le responde: “Un McGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia”. “Pero si en Escocia no hay leones”, le espeta el primer hombre. “Entonces eso de ahí no es un McGuffin”, le responde el otro».

Pues bien, Sombras de niebla contiene numerosos McGuffins, aunque, sin duda, el más importante es la carta, la dichosa carta, que el protagonista —o, mejor dicho, uno de los protagonistas— entrega a su hermano para que, a su vez, se la entregue a su familia pasados treinta años.

Además, para más inri, y siguiendo con Hitchcock, Javier Correa hace algo que el genio inglés hizo en su maravillosa película Psicosis… No les cuento más porque me vengo arriba y soy capaz de soltar algún spoiler. Les dejo con la intriga…
Por último, y a modo de postdata, es digna de alabar la merecida apología que Javier Correa brinda a todas aquellas personas, casi siempre relacionadas con asociaciones religiosas, que luchan por conseguir un futuro mejor para las personas del mal llamado Tercer Mundo.
«Sabe que no va a ser fácil para él iniciar una nueva vida escondiendo su amor entre sombras de niebla».

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