Los cervatos y otras narraciones

Colección Relatos
Quiero comprarlo
Un libro de Ventura Aporta

Puedo pretender ser puro en mi irrelevancia y confesarme con tento pues, más que a la chita callando, de puntillas y gastando menos ruido que el gato andando, éste que tiene usted en las manos es mi segundo libro publicado -que yo lo adeudo, pero lo pago- a poco que usted en pródiga y liberal largueza se enrolle como Dios manda y lo compre. Puede luego echarse el moco de benefactor y mecenas, que no seré yo quien le desdiga. Pero, además, sepa usted que por el módico precio que por él pague, se va a llevar una colección lo más variopinta de sujetos que echarse a la cara pueda uno, y que pululan sueltos y a su aire por las amenas páginas de estas historias sorprendentes.
Difícilmente habrá usted mejor gastado unos pocos euros en su vida. Palabrita del niño Jesús.

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Biografía:

José Ventura Aporta Barrios es, completo, mi nombre. Si no fuera inmodestia daría cuenta somera de mí porque ustedes adviertan a la primera la clase de sujeto que soy y con quién se juegan los cuartos. Nací en 1959 en San Justo de Sanabria y me crié luego en Brime de Urz (Zamora). A los ocho años, a media infancia, abandoné el paraíso para pasar hambre tres años interno en Benavente. De ahí pasé a
Valladolid otros tres, esta vez ahíto, en el mismo régimen. Hijo de madre emigrante, ese verano, en Hamburgo, tuve mi primer trabajo asalariado en una fábrica de sacos. Luego, ya libre, llegué a Valencia. Conocí ciertas estrecheces que no me amilanaron. Estudié en instituto nocturno bachillerato y COU. Al tiempo, anduve de botones en una empresa química; fui ferrallista; operario constructor de ferrocarriles de vía estrecha; vendedor de sprays para zapatos, de bolsas de basura; engrasador de persianas metálicas; limpiacristalero… E inicié, en Arte Dramático, mi formación de actor. Un amor no correspondido con el director, empujó a éste a echarme de la Escuela, y a invitarme a probar otras formas de teatro. Lo hice y las probé. Resultaron maravillosas. Dirigí y actué, y según las veces, también hice guiones y toqué palos diversos a cual más apasionante: pasé la gorra y gané dinero suficiente con tres antorchas en la mano, echando fuego por la boca, y unas cuantas acrobacias. Pulsé, con devoción y
raro éxito, el teatro clásico con Shakespeare y el muy eficaz Tenorio de Zorrilla. Se me vio actuar con otros músicos y actores por todo el oeste de Francia y por media España. Dos cursos de Filología Hispánica, y la asunción definitiva de que la Academia me devuelve (o vomita) siempre a la calle. Me casé como cualquiera, y el no desear arrastrar conmigo a nadie a una vida de estrecheces, me llevó a la pintura mural. Pinté fachadas y deslunados (a la postre, el alambre y el andamio fueron siempre lo mío), naves industriales, casas, pisos y hasta señalética horizontal. Lo pinté todo durante años y fui escribiendo; y vendiendo arte gráfico original; y útiles y maquinaria agrícola; y cursos a distancia; y a producir algún spot televisivo; a vender publicidad y a escribir artículos sobre motor (que qué falta me hacía: mucha) en el diario “Las Provincias”. Luego, la vorágine se aquieta y remansa cuando me hago conductor de altos cargos y me dedico a mover políticos tecnócratas de un destino a otro en coches cargados de kilómetros. Me dedico a conducir y a esperar, como un cazador que acecha.



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