Reseña de «Daniel Can»

Una buena obra de ficción histórica debe construirse sobre una estructura que permita expresar a la perfección lo que se quiere contar. Si se me permite el símil, debe ser como uno de esos puzles de miles de piezas, que al formarse permiten visualizar, por fin, la imagen prevista. En eso consiste el noble arte de fabricar ficciones, aunque se construyan sobre un sustrato real. Y esto, sin duda, es lo que más impresiona de la brillante novela Daniel Can, de Mónica Expósito Carrasco, publicada recientemente por Editorial Círculo Rojo. Es brillante porque su autora, además de contar una historia apasionante, coral y compleja, lo hace con un sentido del ritmo y de la estructura que hará las delicias de todos los lectores que sepan apreciar la buena literatura histórica y los nuevos talentos, así como la ingente labor de investigación que ha llevado a cabo.

En la novela, estructurada en tres partes, se cuenta la historia de Daniel Can —o mejor dicho, la cuenta, o la escribe, él mismo—, un joven navegante genovés que a finales del siglo XIII llegó a la bella isla de Mallorca. El objetivo inicial del viaje era establecer una ruta comercial entre ambos lugares. Allí establecerá unos fuertes lazos de amistad con Abraham, un prominente miembro de la comunidad judía local, amistad que resistirá al paso del tiempo. Y allí conocerá a la que se terminará convirtiendo en su esposa, Magdalena.

A lo largo de la novela, pues, conoceremos la evolución de la vida del protagonista, su implicación en algunos asuntos complicados que suceden en la isla, sus viajes por las aguas del Mediterráneo, y mucho más, aunque, como es lógico, no vamos a desvelar nada más sobre esta obra.

Es importante comentar que la trama arranca en el preciso momento en que Jaime II de Mallorca, hijo de Jaime I el Conquistador, recibe de Jaime II el Justo, de Aragón, el reino de Mallorca, a cambio de reconocerle su posición de vasallaje —anteriormente, los monarcas aragoneses le habían arrebatado las que consideraba sus legítimas posesiones—. La historia de ficción —aunque con personajes reales, empezando por el propio Daniel Can— se irá entretejiendo con la evolución histórica real del reino de Mallorca, con algunos episodios históricos importantes —por ejemplo, la terrible epidemia de la peste de mediados del siglo XIV— y con algunos personajes memorables, como el mismísimo Ramon Llul…

Sin duda, detrás de Daniel Can hay un trabajo de investigación histórica y de contextualización extraordinario. A lo largo de la novela vamos encontrando un sinfín de referencias históricas que ayudan en gran parte a comprender la historia y la evolución de los personajes en todas sus dimensiones. Por otro lado, es de agradecer la inclusión de numerosas notas al pie que explican numerosos conceptos, ideas y palabras que aparecen en el texto.

Del mismo modo, la ambientación y contextualización de las diferentes tramas está muy lograda. Las descripciones de los lugares y escenarios es realista y detallista en extremo, fruto, sin duda, del gran dominio de las fuentes históricas de la autora, Mónica Expósito Carrasco.

Como debe ser en una buena ficción, los personajes se van construyendo como un engranaje al que se le van agregando, poco a poco, dosificada pero insistentemente, nuevas piezas. Y, como debe ser en una buena novela, se trata de personajes riquísimos, complejos, poliédricos y llenos de historia; claro, que en este caso muchos de los personajes son reales, aunque la autora les dota de un trasfondo personal y psicológico, con la precisa intención de que el lector vaya empatizando de forma paulatina con ellos y consiga comprender sus pensamientos, sus intenciones y sus complejidades.

Respecto a lo puramente formal, merece la pena destacar varios aspectos. En primer lugar, el uso de la primera persona, convirtiendo al protagonista de la novela, Daniel Can, en el narrador e intérprete de sus propias hazañas desde un momento determinado de su vida posterior (el año 1347). Esto puede parecer fácil a primera vista, pero no lo es; más aún si tenemos en cuenta que integra a la perfección la narración de su propia epopeya con las referencias históricas y geográficas que antes comentaba. Por otro lado, también hay un narrador omnisciente, en tercera persona, que contribuye a resituar esporádicamente las tramas. Todo un acierto esta mezcla de voces… y de tiempos, claro, ya que este segundo narrador escribe en presente, mientras que el primero, el propio protagonista, lo hacía en pasado.

Por último, el libro permite obtener interesantes lecturas sobre algunos fenómenos históricos y sociales interesantes; por ejemplo, la difícil convivencia entre cristianos, judíos y musulmanes en la baja Edad Media, centrada en este caso en el contexto de la novela, Mallorca, pero extensible también al territorio peninsular. Un buen ejemplo es el proceso que se narra contra una chica judía, María —hermana del amigo de Daniel Can, Abraham—, a la que acusan falsamente de haber tenido relaciones con un cristiano, Martín. Esta historia, que ocupa gran parte de la novela, y cuyo desenlace no puedo desvelar, muestra además el difícil papel de las mujeres en aquella época.

En resumidas cuentas, y ya concluyendo, se puede afirmar sin ninguna duda que Daniel Can es una grata sorpresa y todo un soplo de aire fresco en la narrativa histórica española contemporánea. Absolutamente recomendable.

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