Reseña «Isla Granota»

¿Cómo reseñar un libro infantil, con muy poquitas páginas, muy poquito texto y una fuerte invitación a la reflexión y, sobre todo, a la actitud y a la acción? Después de algunas vueltas, encontré el camino.

El libro se titula Isla Granota y es una brillante obra infantil escrita por Juanita Acevedo, ilustrada, de forma excepcional, simple pero tremendamente válida, por Jesús Durán; y publicada recientemente por la editorial Círculo Rojo.

Cuenta la historia de Froggie, una ranita a la que cada noche su abuela le hablaba de un lugar maravilloso: Isla Granota, un precioso lugar donde imperaba la amistad y el respeto, donde si había que pedir perdón, se pedía; y donde sí había que decir que no, se decía. Un lugar donde el optimismo, la paciencia y la calma bordaban su bandera. Y claro, Froggie decidió viajar hasta allí…
Parece sencillo, pero los valores que enseña este extraordinario cuento, pese a lo obvio, siguen sin reinar en este mundo de locos, tan despiadado como genial, en el que vivimos. Parece fácil, pero aún no hemos entendido, al menos no todos, que es posible vivir en un mundo mejor, y el camino consiste, tan solo, en asumir e interiorizar todos y cada uno de estos valores. Y no hay mejor manera que hacerlo como lo ha hecho Juanita Acevedo, con un cuento dirigido a los más pequeños, a esos humanos que formarán el mundo del mañana —lo que les dejemos de él—. ¿Será posible? Yo lo tengo claro, y posiblemente Juanita también, pero otros muchos no piensan como nosotros.

Jean-Jacques Rousseau pensaba, con bastante razón, que el ser humano es bueno por naturaleza, pero que la sociedad, ese extraño engendro, nos arrastra hacia el mal. Por lo tanto, según el ilustrado francés, las guerras, los odios, los conflictos, las luchas por el poder, la explotación y la desigualdad son productos de la vida en sociedad; de ahí que llegase a la conclusión de que era necesario construir un nuevo modelo de comunidad humana, modelo que desarrolló extraordinariamente en El contrato social.

Un siglo antes, un filósofo inglés llamado Thomas Hobbes, teórico del absolutismo y antecedente del posterior liberalismo, había propuesto lo contrario con una frase tan controvertida como preocupante: «el hombre es un lobo para el hombre». Pensaba, simplificando un poco su algo obtusa filosofía, que estamos programados para pelear, para guerrear; porque somos, por naturaleza, agresivos y egoístas. La lucha por la supervivencia, pensaba, nos hizo así. Y también lleva algo de razón. O no… Sigmund Freud, el polémico padre del psicoanálisis, llegó a una solución intermedia. Somos ambas cosas. El amor y el odio, el bien y el mal, conviven en nuestro interior y son igual de necesarios para que podamos desarrollar una vida en sociedad. Claro que Freud… mejor dejémosle a un lado.

Hoy en día todo esto ha quedado obsoleto. Nuestra manera de ser depende de nuestro desarrollo cultural en sociedad, de ahí que tanto el bien como el mal, entendidos estos de una manera amplia y genérica, son fruto de nuestro aprendizaje y de nuestras experiencias. No hay, en resumidas cuentas, un determinismo biológico. No estamos programados, ni para bien ni para mal.
Somos lo que somos porque el mundo nos hizo así. Por lo tanto, es posible crear un mundo mejor creando humanos mejores. Y para crear humanos mejores tenemos que esforzarnos en educar a nuestros hijos desde que son niños, y no solo inculcando conocimientos prácticos y teóricos, sino también enseñándoles valores éticos y morales.
Tenemos que enseñarles —padres, profesores, instituciones— que la paz es el único camino y que la guerra no sirve para nada, digan lo que digan los que manejan los hilos y mecen la cuna; tenemos que enseñarles que la empatía, la amistad y el respeto mutuo son los principales valores que debemos desarrollar y que solo cambiando nuestra actitud y emprendiendo el camino de la acción seremos capaces de crear un mundo mejor.

En nuestras manos está. Todos tenemos que involucrarnos necesariamente. El futuro de nuestros hijos y de nuestro mundo está en juego. Y, sin duda, proyectos como el que plantea esta esperanzadora, sabia y optimista obra, Isla Granota, pueden contribuir a crear la imprescindible masa crítica que permita girar la tuerca y construir, de una vez por todas, un mundo en paz. Es posible, y utópico, sí, pero posible. En nuestras manos está. Gracias, Juanita.

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