Diario de una cuarentena

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Un libro de Vicente Ángel Canariven

Había comenzado el 2020 y China se preparaba para celebrar su Nuevo Año Lunar, para ellos el 4718 y, según su horóscopo, despedían al Cerdo de Tierra para festejar la llegada del Año de la Rata de Metal, la cual, según su creencia, se caracteriza por su astucia, rasgo habitual en las personas de este signo, asegurando que este año para China, con seguridad se abriría un ciclo de muchas oportunidades, abundancia, prosperidad y cambios. Y no tardaron mucho en comenzar a compartir su «suerte» con todos los países elegidos al azar. Esta narración basada en los acontecimientos vividos en tiempo y hechos reales, la complementé con algunos datos técnicos bajados de Internet. La escribí sin grandes pretensiones literarias, como un diario para entretenerme, escrito con la sensibilidad que me caracteriza, en forma amena y comprensible, con el solo fin de que cualquier lector con interés en leer pueda entretenerse, seguir, entender y de algún modo participar de la duda razonable sobre «supuestas conspiraciones» ante la fuerza de las pruebas recabadas sobre esta pandemia, que Dean Koontz describió en el año 1981 en su libro, Los ojos de la obscuridad.

Biografía:

Vicente Ángel Canariven, comprometido con la historia más reciente de aquellos tiempos de miserias, y posterior recuperación del entramado social y económico, nació en el archipiélago canario en el año 1952, en el seno de una familia tradicional como tantas otras, para la época, acomodado en una casa de gran tamaño pero carente de ese candor especial que desprende contagiosa alegría y calor de hogar (debido a los remordimientos de las pérdidas en guerra y la marcha de sus familiares en busca de oportunidades), ese que te invita a quedar o a regresar con prontitud, y que solo conoció en la casa de alguna de sus amistades, de las que siempre regresaba muy tarde, aunque a veces tenían que ir a buscarle cuando el miedo a la noche lo atenazaba y no se atrevía a regresar solo. No conoció el hambre de estómago, pero si las penurias de los tiempos de miserias que vivió, con prejuicios, al tener que enfrentarse solo, desde la niñez a la adolescencia, sin un guía que le enseñara los peligrosos recovecos que la calle te puede mostrar. Se consideraba una víctima en desventaja con respecto a los demás que eran parte de familias estables, que no se vieron obligados, al igual que muchos como él, y sus antepasados, a tener que huir de sus circunstancias con la esperanza a cuestas. Pero con los años la experiencia adquirida le brindó la oportunidad de resarcirse de las heridas del pasado y encontrarse con su verdadero yo, dando gracias a Dios y a la vida por todo lo recibido. Hoy es muy feliz.



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