De El amor (que) no cesa pueden extraerse dos lecturas. Por un lado, la de un amor que nos envuelve de forma inquebrantable, que nos rodea y nos atrapa en su existencia. Por otro, la del amor entendido como un sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien que, a pesar del paso del tiempo y de las peores circunstancias, nunca deja de latir, de estar, de ser.
En mi caso, cuando mis padres enfermaron y se volvieron dependientes, el amor paterno-filial era el único amor de mi vida. Creía firmemente que su existencia podría conjurar lo venidero. Sin embargo, lo inaudito, lo terrible, lo contra natura fue ir diluyéndome poco a poco en la historia de mi padre y de mi madre hasta transfigurarme en una cuidadora a tiempo completo.
Esta novela biográfica narra ese proceso y también el peregrinaje de ese amor hasta rozar el odio. Los sucesos se desarrollan en una doble línea temporal: el pasado que recuerdo y el presente que vivo, donde el acto de escribir se convierte en la tabla de salvación para esa hija que, en algún momento, dejó de existir.
Si alguna vez has experimentado el amor en carne propia, te recomiendo su lectura.