A lo largo de una noche, en la penumbra del pequeño palacio y rodeado por el bosque de magnolios que hizo plantar en su juventud, un hombre decide qué camino tomar como último miembro de la saga fundada por el Patriarca. De su decisión dependerá tanto el destino de la familia como el de las empresas que han gobernado durante dos siglos.
La tradición dicta que la dirección pase al heredero en cada generación. Sin embargo, él conoce a su hijo y sus limitaciones. Elegir entre mantener esa tradición y no condenar a las empresas a un futuro incierto no es tarea fácil, ni siquiera para alguien acostumbrado a tomar decisiones sumamente complejas.
Las últimas semanas las ha pasado en otro palacio, el del exilio. Ha sido un tiempo en el que no ha logrado —ni querido— evitar que sus pensamientos se mezclen con los recuerdos de sus éxitos profesionales, tantos, y de sus fracasos sentimentales, no menos. Y es que una noche de vigilia da para mucho.
Al llegar la mañana, se dirigirá al encuentro de su mujer, su hijo y su nieto. Tres generaciones, tres voluntades, tres formas de entender lo que representan la familia y sus empresas. Lo esperarán en las escalinatas de El Palacio, al igual que el coche que lo llevará al aeropuerto. De allí partirá con la intención de hacer realidad su decisión, una decisión que en principio parece absurda. En principio.
¿La aceptarán quienes podrían hacer que ese absurdo dejase de serlo? Y, en ese caso, al regresar, ¿lo harán su mujer, su hijo y su nieto? Una vez más, el futuro oculta sus propios juegos, imposibles de controlar. Quizás ahí resida la mejor parte de la vida.
Saul Bellow escribió que «No hay nada demasiado extraño para ser verdad», y se diría que esta historia le da la razón. Al menos en parte.