Un rey obsesionado con asegurar su descendencia y preservar su linaje se convierte en presa fácil de su ministro, un intrigante, cínico y manipulador que lo seduce y embauca para, mediante una ingeniosa estratagema, hacerse con el trono del reino. Solo la determinación de Valeria, la hija del rey —una mujer capaz de sobreponerse a los convencionalismos y a sus propias contradicciones—, con la ayuda de su camarera, la fiel Melisa, un ser libre y romántico que la guía y aconseja, evitará tan miserable propósito.
En Los pretendientes, pieza teatral de reminiscencias clásicas que, en clave de comedia, invita a reflexionar sobre las relaciones de poder y el comportamiento humano, asistimos a un desfile de personajes con caracteres arquetípicos que, de manera incisiva y burlona, nos muestran lo peor y lo mejor de su naturaleza: el egoísmo, la soberbia, la pereza, la generosidad, la amistad, el valor y el amor. Este último, el bien supremo para Valeria, se presenta como un sentimiento aparentemente imposible, que habrá de enfrentarse a deberes supremos, adversidades y resistencias, pero que, contra todo pronóstico, terminará imponiéndose y desembocando en un final feliz.