La terrible sequedad del desierto puede acabar con una vida en tan solo un día, pero, al igual que puede privarte de ella, algunos lugares de su infecunda geografía esconden recovecos llenos de vida que pueden salvarte de la agonía.
Rafael tuvo la inmensa suerte de que la muerte aún no contaba con él en sus filas, dándole una nueva oportunidad de seguir el espinoso camino hasta llegar a los brazos de Matilde.
Durante los meses que transcurrió en aquel lugar que fue su salvación, vivió momentos de paz y reflexión sobre lo que había experimentado y lo que aún le quedaba por vivir. En ese rincón perdido del mundo conoció a un italiano cuyo peregrinar hacia Egipto era la única meta en su tortuosa existencia. Entre ambos surgió una amistad que le recordaría a la que mantuvo con don Torcuato, adquiriendo de él tanto conocimiento como el que obtuvo del viejo maestro.
De la misma forma en que llegó el italiano, una tarde desapareció entre los montículos de arena de un desierto eterno, dejando a Rafael solo en el oasis con el único anhelo de escapar de aquel lugar que le había salvado la vida y alcanzar las costas españolas.
A punto de abandonar la seguridad de aquel refugio unos meses más tarde, aparecieron cuatro hombres. Uno de ellos acompañaría al español durante los siguientes meses hasta que sus caminos se separaran, convirtiéndose en una de las figuras más relevantes de esta aventura.
Consiguieron abandonar aquella isla rodeada de arena, enfrentándose a un cúmulo de dificultades en el largo derrotero hasta llegar a las costas occidentales de África.
No se equivocó el nigromante que le auguró que la casa de los negros medía tres años de costa a costa. Una vez allí, Rafael emprendió el camino por la orilla del Atlántico hacia el norte hasta llegar a Agadir. En esta ciudad conoció al pequeño Abdul, con quien creó una estrecha amistad, así como con su padre, Ahmad, quien le ofreció su casa mientras esperaba la llegada de un barco español que lo llevara al puerto de Cádiz.
El mundo es un pañuelo y el destino, caprichoso, a veces nos pone enfrente de situaciones ya vividas. El barco que lo conduciría a Cádiz lucía imponente ante sus ojos aquel caluroso día de septiembre, atracado en el puerto de Agadir.
Durante el trayecto hacia las costas andaluzas, le informaron sobre la suerte de don Torcuato y de Quintana. Rafael les relató la aventura vivida desde que salió de Filipinas.
Al alcanzar tierra firme, la decepción se apoderó de él al encontrarse con una sociedad gris, dominada por caciques e injusticias.
Contrató los servicios del propietario de un vapor que realizaba el trayecto Cádiz-Sevilla por el río Guadalquivir y llegó a la ciudad de la Giralda a altas horas de la madrugada. Allí se encontró con un muchacho, un viejo conocido, a quien contrató como asistente.
Con su ayuda, llegó hasta Coria del Río en busca de Matilde. Cuando la encontró, con solo verla, tuvo la certeza de que el viaje desde Manila hasta Sevilla no había sido en vano… a pesar del pequeño Juanito, a quien ella sostenía en sus brazos.